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Madrid Fashion Week 2015

Kevin Plank, el enemigo del algodón

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Kevin Plank, fundados de Under Armour, durante una conferencia en Nueva York el pasado mes de julio. / jin lee (bloomberg)

El Georgetown Preparatory School es de los centros educativos más selectos de EE UU. Entre sus alumnos más ilustres está Kevin Plank. Y eso pese a que este empresario forjado a sí mismo abandonó la escuela para niños más antiguas del país por mal estudiante. No es una sorpresa que lo reconozcan ahora, porque los estadounidenses se ponen siempre del lado del eterno perdedor que despunta, aunque tropiece varias veces por el camino.

Plank creó hace dos décadas Under Armour, con un objetivo: convertirla en la mejor marca de ropa deportiva del mundo. En su cabeza se cuece algo más que vender unas zapatillas negras con el símbolo plateado en el empeine o una camiseta ajustada. Vende la idea que llevar puestas sus prendas te hace mejor. Su filosofía recuerda a la de Howard Schultz, fundador de Starbucks. “Es saber qué es lo que quieres ser”, comenta. Plank, de 42 años, tiene una fortuna estimada en 2.900 millones de dólares (2.550 millones de euros), casi tres veces más del mínimo necesario para entrar en el club de multimillonarios de Forbes. Admite que es mucho más rico de lo que hubiera imaginado cuando jugaba a fútbol americano en la universidad.

La empresa nació de una necesidad. En los vestuarios observó a sus compañeros de equipo con camisas de algodón empapadas en sudor. Para quitarles ese peso de encima, diseñó unas prendas con las telas que se usan para la ropa interior femenina. La compañía nació, como manda el canon del sueño americano, en un garaje. Mejor dicho, en el sótano de la casa de su difunta abuela. Tenía 17.000 dólares, de otros negocios que creó mientras estudiaba.

Se culpó a sus trajes de que los patinadores de EE UU no consiguieran medalla en los juegos de Sochi

Al principio llevaba dos tarjetas de visita encima. En una se presentaba como el presidente de Under Armour. En la otra, como jefe de ventas. Así se mostraba como una empresa más grande de lo que en realidad era. De ahí, a superar en su guerra contra el algodón los 1.000 millones de dólares en ventas por primera vez en 2011. Ese año, la revista Fortune le colocó el 12º entre los mejores 40 empresarios menores de 40 años.

La sede de Under Armour está ahora en un antiguo edificio industrial que ocupaba Procter & Gamble en Baltimore. Dicen que es el perfecto sustituto, un reflejo de cómo el tejido empresarial de EE UU se va renovando e innovando. En lugar de amas de casa dedicadas a tareas del hogar, la publicidad de la marca muestra a atletas en acción, con prendas que se comen el sudor pensadas para mejorar el rendimiento físico.

En breve empezará a circular también la del tenista británico Andy Murray, que hasta ahora lucía Adidas. Hace unos meses quien se puso delante de las cámaras fue la top Gisele Bündchen. La de Murray es la última victoria estratégica de Plank, que le va a costar más de 20 millones de euros. Incluso más si el campeón sigue ganando en la cancha. El acuerdo no era casual, porque la compañía está librando una verdadera batalla para patrocinar a deportistas y equipos de élite.

Ya lo intentó antes con Kevin Durant, de los Thunder de Oklahoma. Pero el mejor jugador de la pasada temporada de la NBA decidió seguir con Nike, tras ponerle más de 300 millones sobre la mesa. En los eventos públicos nunca cita a sus rivales y la palabra que más usa es “win” (ganar).

Kevin Plank sabe que está yendo más rápido y más lejos de lo que esperaba. Quizás por eso sea también bastante impaciente y eso le lleve a cometer errores, como en los trajes especiales que creó junto a Lockheed Martin para el equipo estadounidense de patinaje de velocidad para los últimos juegos de invierno en Sochi. Era su oportunidad para presentarse como alternativa a Nike. Fue la primera vez desde Sarajevo en 1984 que no se llevaron medalla, y se atribuyó el pobre resultados al diseño del traje. Plank, sin embargo, pareció tener la crisis bajo control pese a que el fiasco dio una puñalada al corazón de la marca. La esquiadora Lindsay Vonn y el nadador Michael Phelps salieron de inmediato en defensa de la firma para apaciguar la controversia.

La competencia es algo que Plank lleva en su sangre —era el menor de cinco hermanos—. Quizás por eso se vea como el eterno segundón. Este año Under Armour superará los 3.000 millones en ventas y su objetivo es rebasar los 4.000 en 2017. Aunque es pequeña al lado de Nike —factura 28.000 millones—, es ya la marca que eligen los jóvenes estadounidenses que aspiran alto. Y es más grande en EE UU que Adidas.

El 94% de sus ventas se concentran en el mercado norteamericano. El negocio está creciendo rápido fuera: ha doblado las ventas en los primeros nueve meses de 2014. La fortuna de Plank crece al ritmo al que lo hacen sus acciones, que se apreciaron un 60% durante el último año, lo que las convierte en unas de las que tuvieron el mejor rendimiento.

El Real Madrid y el Barcelona están en su punto de mira, lo que le daría una visibilidad tremenda en Europa en esa carrera por ser una marca global. Ya tiene un acuerdo con el Totteenham Hotspur de la Premier . Murray seguirá llevando las zapatillas de Adidas hasta que Under Armour le dé unas a su gusto. También tiene contrato con el tenista estadounidense Sloane Stephens, una de las estrellas emergentes.

El grueso de su oferta se concentra en las zapatillas para correr y para baloncesto. Aunque está claro que apunta alto. Hace un año adquirió la que fue su primera aplicación: pagó más de 100 millones de euros por MapMyFitness, una de las plataformas para móviles más veteranas.

 

No sin mis barbas

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Hussein Charafeddine, rapero libanés. / N.S

Las barbas de Hussein Charafeddine le traen más de un quebradero de cabeza con la justicia libanesa, pero no piensa afeitarse. Este rapero de 33 años, conocido en las calles de Beirut como Doble A El Predicador, ya ni recuerda cuántas veces ha sido arrestado. A pesar de llevar siempre una gorra mal calada con una A cosida sobre la visilla, sus largas barbas le convierten en sospechoso habitual. En enero de 2014, tras una oleada de atentados que sacudieron el barrio de Dahie, periferia de Beirut, la foto de Double A corría como la pólvora en las redes sociales libanesas. Con zapatillas de deporte blancas, camisa vaquera, cabeza afeitada y sus barbas, el rapero caminaba manos a la espalda, esposado, y custodiado por dos agentes de policía. Uno de los gendarmes enfundaba su arma. Un terrorista había sido arrestado, clamaba la justicia.

“Estaba llevando mi coche al taller cuando por el retrovisor vi a varios policías que corrían hacia mí. Frené y levanté las manos. De repente y sin mediar palabra, uno de ellos empezó a golpearme en la cabeza con la culata de su arma a través de la ventanilla”, relata Charafeddine. Con su metro noventa y sus 110 kilos, El Predicador fue arrestado, abofeteado y arrastrado a una comisaría. Tras una noche entre rejas fue absuelto con una retahíla de excusas por parte de la brigada antiterrorista. Su crimen: no afeitarse. Regresó a las calles y al bar Radio Beirut donde este artista del verso y prosa cantados arremete cada lunes contra los totalitarismos, los abusos de poder y las dificultades de sobrevivir en la sociedad libanesa. El incidente, asegura, motivó a muchos otros jóvenes a tirar la cuchilla de afeitar como forma de protesta.

Esas barbas que el mundo considera de estilo salafista, o musulmán ultraconservador, están de moda en Líbano. No solo entre religiosos o milicianos, sino también entre los jóvenes hípster, músicos y artistas alternativos como Charafeddine que reclaman su derecho al vello estético fuera del radicalismo. “Mis barbas forman parte de mi personalidad desde que era adolescente. Hoy se convierten en una forma de protesta sociológica. Podemos tener barbas sin ser radicales o ni siquiera ser religiosos”, se defiende.

El rapero Hussein Charafeddine no piensa afeitarse. "Es mi forma de protesta contra los totalitarismos"

Cansado de una lucha constante, Doble A tira la toalla y asegura que está a punto de emigrar. Antes de llevarse su música consigo, se despide con un improvisado rap: “Tienes dudas y preguntas, y tú vives en el miedo, pero un hermano es un hermano incluso con sus barbas. No se trata de religión, sino de nuestros actos, independientemente de lo peligrosos que unos pocos delirantes nos hagan parecer”.

Al otro lado de Beirut, esa moda de unas sotabarbas que superan los cinco centímetros de longitud condena también la vida de Alí Mohamed Marwan. Cada tarde, de camino al trabajo le paran en la miríada de controles militares. Los uniformados hacen la criba en busca de armas o posibles terroristas llegados de Siria. Y las barbas forman parte del perfil criminal. “A la derecha, por favor” es el pan de cada día de este joven de 26 años, que de inmediato es cacheado, y sus papeles y vehículo inspeccionados bajo lupa. El desconcierto de las autoridades también debe ser habitual cuando Alí, con medio cuerpo tatuado, les cuenta que lleva tres años trabajando como camarero en el bar Danys de Beirut. “En la universidad simpaticé con el partido comunista y de ahí me dejé las barbas. Ni soy religioso ni soporto a los radicales”, asevera Alí, que como Doble A rehúsa amputarse de barbilla para abajo. El hastío ante el estigma social es doble para este camarero. Sus barbas le cuestan constantes interrogatorios policiales y sus tatuajes los reproches de los más viejos. Tan solo en el bar, rodeado de cocteleras y chupitos, nadie juzga a nadie.

Ana Antic, la estilista más poderosa de España

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De izquierda a derecha: la modelo Malena Costa, la actriz Ursula Corderó y la periodista Sara Carbonero, con estilismos de Ana Antic. / Cordon Press/Getty

¿Cuántos millones de páginas visitarán a diario todos los españoles? Entre todas ellas, la web Tras las pista de Paula Echevarría ocupa el puesto 324 en número de visitantes, según el medidor de posicionamiento Woorank. Nada mal para ser un blog de moda. Con casi 650.00 amigos, la actriz ostenta además el honor de ser la española más seguida en Instagram. Su nombre encabezó las búsquedas en España en Bing el pasado año y ocupó el segundo puesto de las de Google en 2012 (solo superado por la muerte de Whitney Houston). Prenda que se pone, prenda que se agota. No es de extrañar que marcas como Blanco, Tous o Pantene se la rifen.

La única que puede hacerle sombra en cuestiones de prescripción de moda es su amiga Sara Carbonero. Comenzó a detallar su día a día en una bitácora digital (Cuando nadie me ve, también alojada en la revista Elle) en otoño de 2013, y poco más de un año después ocupa el puesto 404 en número de visitantes. No ha colgado una sola foto en Instagram, pero su perfil ya cuenta con más de 160.000 seguidores. A diferencia de Echevarría, la periodista no solo utiliza el blog para mostrar sus estilismos diarios. Pero aunque escriba recetas de cocina o recomiende bares, el grueso de los comentarios de cada post (el que menos tiene acumula 300) preguntan por la marca o la tienda donde adquirió la prenda con la que realizó su última aparición pública. Una encuesta realizada entre los usuarios de la plataforma de venta online Showroomprivee la situaba entre las mejor vestidas de España.

La estilista Ana Antic. / CORDON PRESS

Además de trazar una pequeña radiografía de qué buscan (e imitan) muchas españolas a la hora de vestirse, estos datos apuntan a la que probablemente sea la figura más influyente de la moda comercial nacional: Ana Antic. Estilista, personal shopper e ideóloga en la sombra de gran parte del éxito de estos dos iconos patrios. “Con Paula trabajo puntualmente. Suelo colaborar más con Sara Carbonero, Elsa Pataky, Úrsula Corberó o Alba Carrillo”, explica. El logro de esta asesora de imagen es ayudar a configurar el estilo de algunas de las mujeres más seguidas. “Trato de facilitarles marcas o prendas que creo que les quedan bien, con el fin de que se sientan seguras a la hora de enfrentarse a sus compromisos profesionales”, explica.

Hija del famoso entrenador de fútbol Radomir Antic, Ana llegó a la moda tras estudiar Economía y Diseño de Interiores. “Supongo que no eres consciente de tu pasión por este mundo hasta que no te profesionalizas”, reflexiona. Comenzó trabajando como estilista en revistas y campañas de publicidad, y aunque ha colaborado con estrellas de la talla de Kylie Minogue o la modelo Bar Refaeli, se podría decir que encontró su nicho de mercado en el negocio nacional. En su cartera de clientas habituales brillan las parejas de deportistas de élite como Malena Costa (novia del futbolista Mario Suárez), Alba Carrillo (del tenista Feliciano López) o la propia Carbonero. Con todas ellas le une una relación que va más allá de lo meramente laboral, aunque quizá sea con la novia de Iker Casillas (al que también asesora) con la que mantiene una amistad más cercana. “Cuando tienes una amiga estilista es normal que recurras a ella a la hora de ir de compras”, opina. Así, cuando la periodista de Telecinco detalla en su blog los preparativos previos a un evento, siempre tiene unas palabras para ella. “Allí me espera mi amiga Ana Antic, que me ayudó con el estilismo”, escribía recientemente con motivo de una entrega de premios.

La clave de su éxito reside, según asegura, en la cercanía. Si hay algo que destaca en el trabajo de Antic es su capacidad para mezclar Zara con Gucci, firmas de lujo con marcas low cost, convirtiendo el estilo de sus clientas en algo adaptable para todos los públicos (y fácil de copiar). “Son muy conscientes de lo importante que es acertar en sus apariciones, porque son un referente para muchas seguidoras. Por eso, antes de seguir las modas, es más importante que sus elecciones las definan”, apunta. Asegura que sus aciertos se deben más a la confianza que a su propio gusto. “Sé lo que tienen en su armario y lo que pueden necesitar. Más que acompañarlas de compras, suelo enviarles fotos de las prendas que he visto para ellas. Son muchos años y nos conocemos bien”, cuenta.

Hija del entrenador Radomir Antic, muchas de sus clientas son parejas de atletas de élite

La fama de sus amigas poco a poco le va alcanzando. Ana Antic también se está convirtiendo en una referencia para muchas jóvenes. En 2012 publicó un libro, Tu personal shopper (Espasa), en el que explica los entresijos de su profesión. “Sé que hay estudios específicos para convertirse en asesor de imagen. En mi caso, me sirvió mi personalidad, mi gusto y muchos años de práctica”, afirma.

Desde hace algún tiempo, también aconseja y detalla su día a día en un blog alojado en la revista Telva, que se titula —muy oportunamente— Ana, ¿Qué me pongo? Además, imparte clases de estilismo en escuelas de moda y colabora con numerosas firmas, nacionales e internacionales. Solo le falta diseñar. “No lo descarto”, afirma. “Son cosas que se complementan, porque al final gran parte de este trabajo se basa en conocer el mercado con antelación”. Si sus clientas fueran las primeras en lucir sus creaciones, seguro que se agotarían al minuto de aterrizar en las tiendas.

Actrices hartas de ser vistas como perchas de lujo

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Julianne Moore, en la alfombra roja ante decenas de fotógrafos en los últimos premios de la SAG. / stefanie keenan (wireimage)

Aunque las entrevistas no sean del todo interesantes, ningún periodista tiene la desfachatez de preguntarle en los premios a los que acude porque él lo vale, de dónde ha salido el pelazo que luce desde que es Frank Underwood, sin que a nadie le conste que haya pasado por Lourdes.

Kevin Spacey es el paradigma, en estos tiempos de igualdades y desigualdades —y que me perdone Piketty, por mentar la desigualdad en un artículo que se apoya en frivolidades—, que permite abordar una cuestión seria: la revolución de las chicas listas de Hollywood contra el sexismo. Porque si hay un espacio planetario en el que hombres y mujeres son tratados de manera radicalmente desigual, ese es la alfombra roja. Y desde el 11 de enero, en que arrancaron los Globos de Oro, hasta el 22 de febrero, con los Oscar, vivimos en un éxtasis de entregas de premios, escotes en uve, bótox y preguntas irrelevantes y absurdas. Que nunca son para Kevin y sus amigos varones.

Cuando se trata de una actriz, por poner un ejemplo, candidata al Oscar, al gremio de la entrevista televisiva le es indiferente que tenga un cociente intelectual de 148, interprete a una mujer malgache piloto de avioneta, aprenda a pilotar y a hablar malgache sin acento, engorde 30 kilos para el papel, y luego los adelgace para poder enfundarse en un modelo de alta costura y recoger uno de los susodichos galardones. Cuando ponga el pie en la alfombra roja la inevitable pregunta será: “¿De quién es el vestido?”. Todo lo más, “¿Cómo has conseguido adelgazar?”.

Si Corea del Norte se ha convertido inesperadamente en un player del juego de Hollywood, es que todo es posible en domingo, que, justamente fue el día en que se celebraron los últimos Globos de Oro. Esa noche, dos actrices levantiscas, las ex Saturday Night Live Tina Fey y Amy Poehler, se hartaron del juego del “¿De quién es el vestido?”. Y esa misma noche se cargaron de razones por culpa de una nueva perversión informativa: un mini set con una cámara que muestra las manos y el detalle de la manicura de las actrices. Un trágala infumable, para entendernos. Aunque muchas se prestaron entre risas, nos llevamos la sorpresa con la dulce Peggy de Mad Men, Elizabeth Moss, puso la mano frente a la manicam pero para enseñar el dedo corazón en modo peineta. ¿Alguna duda?

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Los gestos revolucionarios son contagiosos. Jennifer Aniston, en los siguientes premios, los de la SAG, pasó sonadamente del tema con un “No” como un cañonazo. Jennifer (y muchas más) encontraron que lo de la manicam estaba al nivel del codo o culo. Ella estaba nominada y quería hablar de su interpretación. Y la revolución tomó aire en las redes sociales con el hashtag #AskHerMore y que enseñe la mano tu tía.

Hoy día, no hay revolución sin hashtag, y este debutó en los Emmy del año pasado. Lo lanzó un grupo liderado por mujeres cineastas, The representation Project. Su #AskHerMore podría interpretarse como “Pregúntale (a ella) algo más (interesante)”. Y una pregunta interesante sería hasta qué punto las actrices contribuyen a su cosificación, sometiéndose al juego que las reduce a perchas para trajes de 20.000 euros. ¿Beneficia a sus carreras tal exposición? ¿A sus bolsillos? ¿Es rentable pagar ese precio —entiéndase, preguntas tontas sobre ropa y accesorios— por exhibirse en la pasarela más cotizada del planeta? Difícil abandonar la mesa con la partida empezada. Se dan casos tan grotescos como el de la actriz Hayden Panettiere que moría por llevar un modelo de Tom Ford a los Globos de Oro del año pasado. Cometió la osadía imperdonable de comprárselo. La casa había apostado por una sola embajadora, Naomi Watts, y, ¡oh, sorpresa!, cuando comenzó a calentarse el asunto en las redes sociales, el propio Ford, muy elegantemente, envió un ramo de rosas a la única que se había tomado la molestia de pasar por caja.

Tina Fey, Amy Poehler y Jennifer Aniston se han sumado a la denuncia

Porque no se veía un caso tan insólito desde que Emma Thompson contestara a la pregunta “¿De quién es tu vestido?” con un rotundo: “Mío”. Idéntica a la respuesta de nuestra admirada Terele Pávez en unos Goya, que añadió: “Para eso lo he pagado con mi dinero”.

Que a nadie se le escape que la protesta llega del lado de las actrices resultonas; las chicas listas y graciosas a las que nunca veremos prestando su rostro a un bolso. No en vano, el grupo de apoyo a la revolución de las preguntas interesantes se autodenomina AmyPoehlerSmartGirls. La industria de la moda es ya una segunda-primera ventana para las actrices de la lista A, las top, con Oscar y tipazo, como Jennifer Lawrence o Cate Blanchett, invitadas a los desfiles de París en avión privado. Ellas se convierten, gracias a sus celebradas apariciones en las alfombras rojas, en iconos publicitarios de firmas que cotizan en los índices LVMH y Armani. Pero nada es gratis. Para cumplir contratos están la mencionada alfombra, la prensa y un público ávido de saberlo todo sobre sus ídolos. Hasta cómo les llevan las cutículas.

Confieso que, en la década larga en la que cubrí como periodista las alfombras rojas, también formulé la dichosa pregunta; era obligado. Pero también me interesaba por trabajos recientes, el papel de la nominación o algún detalle curioso en torno a la ceremonia. No hay tiempo para grandes reflexiones. Los publicistas empujan a las estrellas hacia la cámara siguiente en una liturgia que evoluciona en connivencia con la industria de la moda y la belleza. Que haya llegado el momento de poner límites, o romper las reglas, está en la mano de las actrices. Sin enseñarla en la manicam. Y con preguntas como las de Kevin. #AskHerMore